Nuestra relación con la comida no empieza en la edad adulta. Empieza mucho antes, en la infancia.
Muchos de los mensajes que recibimos cuando éramos pequeños influyen en cómo nos relacionamos con la comida años después.
En muchas familias la comida se ha utilizado tradicionalmente como premio o castigo.
Frases como estas han sido muy habituales:
- “Si te portas bien, hay postre.”
- “Si no terminas el plato, no hay postre.”
- “Hoy te mereces algo dulce.”
Aunque suelen decirse con buena intención, estos mensajes pueden crear asociaciones emocionales con la comida que permanecen durante años.
Cómo se crean estas asociaciones
Cuando la comida se utiliza como recompensa o castigo, el cerebro empieza a asociarla con emociones.
Algunos alimentos se convierten en algo especial o merecido. Otros pueden sentirse como obligatorios.
Con el tiempo, la comida deja de ser solo nutrición y empieza a tener un significado emocional.
5 mensajes sobre comida que aprendimos en la infancia
1
“Si te portas bien hay postre”
La comida se convierte en recompensa.
2
“Si no terminas el plato no te levantas”
Aprendemos a ignorar la saciedad.
3
“Hoy te mereces algo dulce”
La comida se vincula al consuelo.
4
“Esto engorda, mejor no”
Aparece el miedo a ciertos alimentos.
5
“La comida no se tira”
Comemos más allá de nuestras señales internas.
Cómo aparece esto en la vida adulta
Muchas personas siguen reproduciendo estos patrones sin darse cuenta.
Por ejemplo:
- premiarse con comida después de un día difícil
- sentir que “merecen” algo dulce cuando están cansadas
- experimentar culpa después de comer ciertos alimentos
En realidad, muchas de estas reacciones tienen su origen en aprendizajes muy antiguos.
Volver a escuchar al cuerpo
La relación con la comida puede transformarse.
El primer paso suele ser tomar conciencia de los mensajes que aprendimos.
Después, poco a poco, podemos empezar a cambiar el foco:
de las reglas externas hacia las señales internas del cuerpo.
Comer cuando hay hambre.
Parar cuando hay saciedad.
la relación con la comida puede convertirse en un camino de reconexión con uno mismo.
Un camino que empieza cuando dejamos de obedecer reglas automáticas y volvemos a escuchar lo que nuestro cuerpo necesita.










